Romper las reglas

En apenas dos décadas hemos pasado de la bronca, el castigo y el bofetón al no pasa nada, la próxima vez lo harás mejor y la caricia.

La cultura americana nos avasalla. El refuerzo positivo nos coloniza y el coaching reverbera en cada llamada a la acción. Las frases hechas de autoayuda toman los discursos. Se alimentan las historias de héroes anónimos y se hace avanzar a cualquier pelagatos a base de palmaditas en la espalda.

Ahora parece que los polos opuestos ya no se atraen. Que todo no puede ser “siempre negativo, nunca positivo”. Si Van Gaal supiese lo que vaticinaba, quizá no hubiese abierto la boca.

Por aquel entonces todavía nos cascaban ostias “a punta pala”, nos echaban unas broncas del “copón bendito” y nuestros padres, educadores y demás entorno influyente nos decían de todo menos guapos.

De la mala ostia de Clemente y la mala baba de mi Hristo Stoichkov hemos pasado al entrenador bienhechor y al jugador edulcorado. No es que haya que ir cagándose en todo y rompiendo piernas, pero la sangre ya no corre por las venas.

Empezamos a pensar con la poética de Valdano. Del Bosque nos enseñó el rostro de la indiferencia impostada. Guardiola nos acercó la melodía perfecta de un equipo bajo el traje-chaqueta. Y ahora Cristiano Ronaldo nos recuerda que, detrás de cada zancada, esconde un niño que lloriquea por conseguir lo que quiere. Mientras, a la sombra del ídolo o de un dictador de campo, los jugadores se preocupan más por cómo se les mueve el pelo corriendo que por cómo lo hace el balón. Toda una transición.

Ahora ni buenos lloros ni ostias. Proveemos a los grandes y pequeños de lo que anhelan. Ropa, tablets, balones, botas y toda la última moda que se inyecta en cualquier periódico masivo de domingo por no decir serie Disney. La temporada, el curso escolar y la vida está llena de premios coleccionables que se han convertido en una sucesión de posesiones.

El fútbol no es menos. Las derrotas se olvidan con el bocadillo, las victorias suenan a mérito “por supuesto” y los empates a reparto justo por no pecar. No pasa nada. Pondremos el video de Gladiator y nos creeremos capaces de todo. En los vestuarios nunca se ha hablado más de los valores del deporte sin conocerlos. Estamos más pendientes de la autoayuda que de la ayuda colectiva. Se enumeran los ingredientes necesarios para las victorias como nos aprendimos la tabla de multiplicar. Y se pierden más partidos pensando que se va a ganar por el mero hecho de encomendarnos a las matemáticas del autoengaño. Las ostias son dobles.

Sumar palabras biensonantes se está convirtiendo en una religión de ególatras y negocios personales.  Las postureos de media tinta llaman a la moderación inteligencia emocional o social.  Y bajo la moda del cuidar las palabras para mantener el rebaño en vereda, se convence también a los entrenadores de fútbol de las maravillas del refuerzo positivo.

Hace tiempo que se instala sin remedio  la pátina de los cupcakes y el rosa palo de recién nacido en la cultura del balompié, como fiel reflejo de la calle. Ahora, Mr.Wonderful es el rey de los banquillos. En el campo ya no se respira sufrimiento. Ya no duele el alma en cada centímetro que te separa del balón. Y hay más cúmulo de modas que de vísceras. Los extremos están mal vistos dentro y fuera del campo. Ya no se puede ir a morder un ojo al adversario aunque sólo sea para poner en duda su juego.

Menos mal que Guardiola dejó escrito que lo que sucedería. Tanta canción de cuna aburriría hasta a los niños que ya no serían tan monos, ni se divertirían tanto como para hacer subir los goles al marcador.

Ahora el Cholo es el abanderado de una nueva tendencia que todavía no ha llegado al deporte base.  Tardará años en llegar.  Y otros peligros la acompañan. Aún tenemos años de prórroga. Ni los que están en los banquillos, ni los padres, ni los niños que se calzan las botas, recuerdan -o ni conocen- el sufrimiento tras los años de bonanza.

Cuando reconquistemos el dolor por placer, quizá volvamos a correr con sentido. Pensaremos en la victoria, la tablet, la ropa y hasta el bocadillo como sucesos extraordinarios. Y se saborearán como si fuesen los primeros y los últimos. Ya no se hablará de los valores; las acciones estarán bañadas de ellas. Y cuando un lobo apele al “buenrrollismo” por defecto y sin contenido, le despojaremos de su piel de cordero sin contemplaciones.

No pasa nada. “Keep Calm” nos dicen. En los próximos partidos y años lo haremos mejor. Abracemos las caricias y los signos positivos como si no hubiese mañana. Ya volverán las broncas de los padres y de los entrenadores para conseguir una reacción o un mísero atisbo de cambio.  Hasta las ostias “de ciento a viento” se dejarán de interpretar como castigos punibles y se agradecerán cuando echemos las vista atrás al pasar los años.

Pero shhhsss es mejor no hablar alto. No es tiempo de dar pie a los polos opuestos que surgen como “agoreros”.  Nos encanta la manga pastelera para creernos que es positivo todo lo que reluce. Neguemos que lo negativo existe por defecto positivo.

Ya volverán las matemáticas a ser la base del aprendizaje. Su exactitud nos pondrá en nuestro sitio porque no hay resultados justos sino exactos.  Ni signo negativo que resista mil años el disfraz de positivo. Ni positivo que mil años dure.

Pero, de momento, sigamos haciendo mal las cuentas. Engordemos la nueva burbuja. Al fin y al cabo lo que cuenta es “ganar, ganar y ganar; y volver a ganar, ganar y ganar” aunque ahora ya no importe el cómo mientras sepa a dulce. Ya “veremos la fuerza de las convicciones” (Guardiola dixit) y lo fieles que somos al modelo de moda.

Negativo x Negativo = Positivo

Negativo x Negativo = Positivo

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