Sopló, sopló, sopló y el viento se la llevó

Soplaba cada vez que alguien fallaba. El gesto se le torcía. “Chemecaba” con un malestar propio de la insatisfacción permanente. Y así vivía, soplando al oído de los demás. Cargando el ambiente de un aire que se volvía maloliente y pesado. Imposibilitando el desarrollo espontáneo de los compañeros. Castrando cualquier posibilidad de despegue hacia el éxito de todo un equipo.

Así era el patrón de los cánceres. Metódicos, exigentes, auto-complacientes, inteligentes y con una capacidad innata de buscar ser centro de atención a base de comentarios y risas de bar, de la hipérbole de lo cotidiano. El centro. Esa era la base de control. El punto desde el que se dirigían las operaciones en su propio beneficio. 360º de visión periférica que escondían una ceguera personal enfermiza. El control. Ese era la obsesión de cualquier persona cobarde e incapaz de afrontar sus propios miedos. Esos eran los que castraban el ambiente, el talento y la gloria. No sabía que lo que le podía hacer grande, era no hacer pequeños a los demás.

Improbable. Ese era el diagnóstico sobre la posible erradicación. El cáncer tenía su origen en la búsqueda de una perfección que no existía ni fuera ni dentro de ella. Un ideal que escondía todo aquello que no quería reconocer sobre sí misma, una defensa que le hacía juez de los errores ajenos y amenazaba con volverle auto-inmune a su propias defensas. Así era la crónica de una muerte anunciada por la propia persona.  A no ser que se diese el milagro de la autodestrucción. Una caída a los infiernos personales desde los que se iluminara una reencarnación lúcida.

La luz y la vida. Era entender que el balón nunca rodaba dos veces igual. Que el césped no sería pisado por las mismas botas, en las mismas superficies. Que las jugadoras nunca serían las mismas que hacía 10 segundos. La imperfección era intrínseca y quién sabe si por eso el balón generaba tal fascinación. Tan esférico, tan perfecto. Éramos nosotras las que rompíamos su natural armonía. Eso era el fútbol. Una secuencia de errores y aciertos, propios y ajenos, que subían a nuestros marcadores. A todos, menos a los de los cánceres; que siempre creían mantener su portería a cero y marcar muchos goles.

Los minutos pasaban. La vida se consumía. Y quién sabe cuánto partidos nos quedarían. A nadie le gustaba meterse goles en propia puerta. A nadie le gustaba aceptar que por mucha inteligencia, experiencia y método que tuviese, era igual que el resto de los mortales: i-m-p-e-r-f-e-c-t-a. Tanto que nadie se lo decía. Por miedo. El que extendía para tener el privilegio de echar todos los balones fuera sin que nadie rechistara. Para ejercer el control de que nadie soplara sobre su jaula de cristal.

Pero a mi, a pesar de ser también una buscadora insaciable de la perfección, no me gustaba que me soplaran al oído. Yo, ya había muerto alguna que otra vez. Ya hacía tiempo que había desterrado el juicio, aprendido a amar los errores, los marcadores de intentos y fallos, y los vuelos sin motor impulsados por equipos de valientes imperfectos.

Y, entre tanta corriente de aire, a veces se me torcía el gesto. De pensar cómo una insatisfacción personal podía llegar a coartar el éxito de un ecosistema empresarial o deportivo. En la dos áreas lo había vivido. Y yo a veces soplaba, como ahora, a ver si algún día sucedía el milagro y cambiaba el viento; porque el tiempo me había enseñado que, desgraciadamente, no tenía aire para soplar en todas las tempestades.

viento

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