En medio de la esquina

Siempre quise ser mayor.

Miraba con anhelo a esos jóvenes sentados en las terrazas que hablaban, reían y tomaban cañas sin que nadie les dijese nada.

Eso quería yo: que nadie me dijese nada si no quería cenar cuando el Barça perdía; ni cuando quería ondear en el balcón una gran bandera blaugrana, aunque coincidiese con la salida de misa de la parroquia que ocupaba los bajos de nuestro piso; ni cuando me ponía con orgullo la camiseta de Stoichkov al día siguiente de perder el derbi, aún a sabiendas de las mofas madridistas que tendría que soportar.

Con la perspectiva de los años todo aquello parecía absurdo, pero no lo era. Un nudo en el estómago me asfixiaba. Si el Barça perdía, yo también. Y no era la somatización de una emoción, era la certeza de sentirse ganadora en un contexto donde, cada día, me costaba mantener la portería a cero después de lo que tenía que escuchar.

Canal Plus me acercó al mundo del bar. Desde ahí viví todos los derbis que no fueron en abierto. Cada domingo, a las 19.30, cruzaba la calle corriendo y buscaba un lugar para sentarme junto a esos señores mayores, por aquel entonces, de copa y puro. El Carrusel Deportivo de Cadena Ser, la “gente sin complejo” de Whisky Dyc y los Puritos Reig, eran la banda sonora de los cascos de mi radio.

– ¿No te da “vergüenza” meterte ahí con todos los hombres? -preguntaba mi madre segundos antes de que saliese corriendo por la puerta de casa.

No, yo no conocía el contenido de aquella palabra y por eso me “clavaba” en el mejor sitio del bar de la esquina de enfrente: delante de la tele, en medio de todos.

La vergüenza apareció luego, cuando dejé de seguir el fútbol, de saber si mi Barça perdía o ganaba; cuando dejé de echar quinielas los sábados, de coleccionar los cromos de la Liga, de aprenderme la Guía de la Liga Fantástica Marca “de cabo a rabo” y de no pasarme  temporadas enteras del PC Fútbol en un día y vivir sin estar pendiente de si las hamburguesas del estadio del club que gestionaba, se caducaban.

Ahora que ya era mayor, que volvía a pisar los jardines de la ciudad donde me dejé las rodillas, y que parecía remitía con la vergüenza acumulada de los últimos años, volví a ver el Barca-Madrid en el bar. Antes de buscar mi sitio, paseé por todo la ciudad. En las calles de este domingo de octubre de 2013, las chicas vestían camisetas de sus ídolos, los jóvenes habían quedado para ver el partido y las mujeres ocupaban tantos asientos como los hombres en los bares.

Eso quería yo de mayor. Mirar a jóvenes sentados en las terrazas, hablando, riendo, viendo el fútbol y tomando cañas sin que nadie les dijese nada. Que todos formasen parte de la tertulia de los goles, de sentirse ganadores en medio de un contexto que provocaba demasiados nudos en el estómago y en el que costaba mantenerse firme.

Eso quería ahora. Ser mayor para mirar 20 años atrás y ver a esa niña sentada sola en medio del bar; aguantando su portería a cero con tal de hacer justicia poética.

 

 

barfutbol

 

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