Ser una perra

Entré en el vestuario y me cambié sin decir una palabra. Apenas levantaba la cabeza para no encontrarme caras desconocidas. El fútbol con los amigos se había terminado con el final de las clases y la llegada del verano. Los 12 era la edad obligada del cambio y, a partir de entonces, mis compañeros de equipo para competir serían compañeras.

Estuve unos 3 meses sin apenas mediar palabra, ni dentro ni fuera del campo. Miraba y escuchaba diálogos a dos y tres bandas, conversaciones de grupo y hasta los silencios que guardaba cada una ellas. ¿Quiénes eran? ¿qué hacían ahí? El rango de edad iba desde el mío hasta los casi 30, una diferencia suficiente para pasar varios meses en silencio estudiando como adaptar mi lenguaje a un nuevo y desconocido contexto; cómo podíamos entendernos entre distintas generaciones antes de hacernos daño sin querer.

Ni siquiera el campo borraba las diferencias. Era evidente que las había, que los perros viejos sabían dónde tenían que estar, cuándo y cómo sin apena esfuerzos. Ellas tenían medido cuando echar el resto y cuál era la mejor manera de optimizar los recursos del equipo según la lectura del partido, desde la respiración del rival a la velocidad con la que el viento soplaba y levantaba aquella tierra que nos curtió en cicatrices. Era evidente que yo no era vieja, pero que era un perro; aunque solo fuese porque fijaba la mirada en el balón, babeaba y lo perseguía sin control, allá donde fuese, hasta caer en la extenuación. Y eran evidentes las diferencias entre unas y otras, pero el balón marcaba el lenguaje que sin querer todas entendíamos: el del fútbol.

Sin darme cuente cumplí 30. Había trabajado desde los 15 para una docena de lugares con personas de distintos países, edades, razas, rangos sociales y culturas totalmente opuestas. Pero si nos despojábamos de todo aquello, siempre quedaba un factor determinante: la edad. Sin embargo, con la edad yo no había conseguido cambiar un hábito inconsciente: entraba a los sitios y me sentaba como si fuese un vestuario. Y sí, me pegaba 3 meses pareciendo autista como siempre me confirmaban, más adelante, cuando ya me daba por hablar.

Los años pasando por vestuarios me contaron que la diferencia entre una generación “joven” y otra “vieja” nunca hablaba de diferencias en la edad, sino de vivencias en contextos diferentes; y que los beneficios de la mezcla de personas entorno a un objetivo, era un valor tan intangible y tan maravilloso, que valía la pena pese a las dificultades de su gestión.

Ahora, después de estar callada muchos meses de diferentes años, sabía que los perros se entendían unos por viejos y otros por perros. Y también tenía que reconocer que me había vuelto una maniática de eso que en el mundo empresa llamamos mentoring inverso, de mezclar una generación con otra, o para entendernos: de poner a todo Dios en el mismo terreno de juego.

Siempre habría perros que ladrasen y otros que callasen, pero al fin y al cabo se impondría el ruido del partido; porque todos éramos perros que seguíamos el balón con la mirada o como perros sin civilizar, según la edad.

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