Haz lo que quieras

Escuchaba esa frase y se me ensanchaba el corazón. Era el permiso de libertad dentro de un recinto de normas: el terreno de juego; una réplica de la vida misma.

Desde pequeña, yo vivía internamente en un constante: ¿por qué no? Todo aquello que imaginaba podía ser posible. No eran grandes construcciones mentales. Simplemente, se me ocurría hacer todo aquello que se supone no se podía: salto por aquí, voy corriendo por allá, toco esto a ver qué pasa…todo sin ninguna pretensión ni ánimo de desbarajustar nada ni a nadie; aunque no ajustarse a las normas parecía que generaba cierta histeria colectiva.

– Eres el espíritu de la contradicción –decía mi madre.

Una frase que resumía aquellas otras que formaban parte de la colección como: “tú, al revés del mundo”, “cuando todos dicen blanco, tú negro”, “ya ha cambiado la luna”, “eres más rara que la calentura” o “mira que eres retorcida”. Al final, acabábamos riéndonos. Ella sabía que yo no lo hacía queriendo. Yo era así. Así y punto.

Sin querer, esas frases se convirtieron en el pan nuestro de mis días. Una música de fondo pegajosa que se instaló en el cerebro a pesar de que yo seguía a lo mío: correr detrás de un balón. Por lo menos, que hubiese un buen motivo detrás de todo lo que escuchaba: “lo tuyo es obsesión”. Lo era. Y bendita obsesión.

Ante tanto ánimo de libre albedrío y sinrazones, a mi madre le tocó intentar “ponerme en vereda”. Al final, los días empezaron a resumirse en negativo: NO se puede hacer esto, eso NO se dice, NO se puede ir a tal sitio…

Yo solo veía síes. NO entendía los noes por mucho que lo intentase; NO tenían base científica; y NO, no sirvieron de nada cuando tenían que servir y, para colmo, en la adultez tenías un trabajo extra de mil pares de cojones que consistía en desprogramar creencias que te limitaban. De puta madre.

Por suerte, el fútbol siempre estaba ahí; andando por el limbo, como yo, ajeno a dimes y diretes. Era el santo grial a quién rezaba todas las noches. El campo, con sus normas y su gente, era una réplica de la sociedad pero mucho, mucho más amable. Y así lo sentía cada vez que mi entrenador cantaba la alineación, daba las instrucciones por posición y al llegar a mi, decía: “Tú haz lo que quieras”.

La sensación de libertad absoluta que me embargaba antes del inicio de cada partido valía por todos los noes que escuchaba durante la semana. Yo salía en la media punta y SÍ, hacía lo que me daba la puta gana aunque me ganase, con razón, algún que otro grito dentro del campo. Eso era mi fútbol y así lo vivía.

Hace 3 años, cuando se me ocurrió volver a jugar después de 8 o 9 años sin tocar un balón ni de refilón, redescubrí el fútbol. Empecé a jugar de medio centro, alimentando aquella paradoja de ir retrasando la posición con los años. Era un buen lugar desde el que tirar diagonales y buscar pases al hueco, algo que instintivamente no había perdido.

En pocos partidos noté que no estaba cómoda. Tardé bastantes más en darme cuenta de que la contención me consumía. Si un medio centro subía otro se quedaba y viceversa. Tenía la misma sensación de lo “noes” de antaño, los que me provocaban vivir con el corazón encogido dentro de unos límites impuestos.

Cuando creí que había cumplido el objetivo por el que volví a jugar, lo dejé. Lo dejé, porque yo al fútbol solo sabía jugar a mi libre albedrío. Lo dejé, porque ya no era una niña.

La libertad ya no estaba en el césped estaba fuera del terreno de juego; aunque de adultos no supiésemos qué hacer con ella cuando la teníamos porque no nos habían enseñado -ni habíamo aprendido- a darnos permiso.

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