Demasiado de todo

Me colgaban las piernas por los laterales. Las manos abrazaban su cuello y reposaba mi cara sobre su hombro. Estaba muerta. Literalmente en el reposo más absoluto en el que podía entrar una niña quizá hiperactiva. Era el estado K.O, el que experimentaba de forma repentina cuando mi cuerpo me abandonaba y decía: basta. Basta de correr tras un balón, basta de golpearlo, BASTA en mayúsculas.

La primera vez sucedía a medio día cuando la campana del colegio nos mandaba a comer a casa. Del colegio a mi casa había unos 300 metros, los suficientes para no poder caminarlos tras haber hecho el animal. Eso era lo que me decía mi madre que hacía. En parte, tenía razón; la misma que tenía yo para no poder dar un paso más allá de la salida del colegio. Santa Paciencia me cogía en brazos y yo me dejaba morir ahí, hasta que una voz se cruzaba en nuestro camino.

-Azucena, ¿no te da vergüenza ir en brazos de tu madre siendo tan mayor?

El rintintin de aquella profesora, que por suerte no me daba clase, me taladraba la cabeza. Todos los días la misma cantina. Cierto era que mis kilos, tamaño y edad estaban ya fuera de la carga convencional. Pero yo me preguntaba: ¿qué coño le importaría a ella que mi madre me cargase? Lo hizo hasta que fue técnicamente imposible; y eso es cuando no puedes por más que lo intentas.

La suerte de la profesora era que yo estaba tan cansada que no tenía fuerzas para incorporar la cabeza, mirarla y soltar alguna de esas contestaciones propias de mi carácter…de esas que sonrojaban a mi familia entera. Pero no, la energía solo me daba para mirarla de medio lado y pensar: ya le gustaría a tu hija –que iba a mi clase- que le cogieses una puta vez en brazos. Yo volvía a cerrar los ojos y me dejaba llevar por el vaivén de los pasos y la paz que provoca el cuerpo a cuerpo.

En mi clase había gente con mucho talento. Me fascinaba comprobar desempeños y aptitudes de mis compañeros porque el mío se reducía a ser culo y mierda con mi balón. Éramos una auténtica aula de barrio obrero salpicada de extraordinarias capacidades innatas; posiblemente, como cualquier aula de antes, de ahora y de siempre.

Pero en los colegios, igual que había talentos por doquier, también había, como en todos lados, demasiado de todo. Exceso de profesores tocapelotas, exceso de frustraciones personales y, quizá, exceso de profesoras que no cargaban a sus hijos y que lanzaban palabras a destiempo.

Con ellas me tocó convivir casi toda la infancia. Me hice bombera torera, o lo que venía siendo lo mismo: como apagar incendios provocados y jugar a mi favor el viento que yo misma soplaba. Y eso que, cada vez que me quitaban un balón las profesoras alegando mierdas que escondían cuestiones de género, hubiese prendido fuego al colegio. Tenía tres pelotas –fútbol, futbito y basket- que me habían costado sangre, sudor y lágrimas conseguir. Quedarse sin balón en los 90 era perder la posibilidad de jugar. El dueño del objeto jugaba y decía quién lo hacía. Pronto descubrí que sin él estaba condenada a mirar como los demás marcaban los goles. Y a mi lo de ser árbitra y con suerte portera, me sabía a poco.

Mi suerte fue vivir en un exceso continuo. Eso hacía que pelease todo en exceso y, al mismo tiempo, me la pelase de igual manera lo que me decían. Fue esa misma suerte, posiblemente, la que hizo que mi madre me cargase después del colegio. Y yo la disfrutaba. Cerraba los ojos y me dejaba llevar por el vaivén pensando que nada más tocar el suelo saldría corriendo desenfrenada tras un balón sin ser consciente de que, a final del día, caería en K.O técnico por segunda vez. Sí, yo jugaba demasiado al fútbol, mi madre me cargaba demasiado y usted…

Quizá todos nos excedíamos demasiado. Los adultos a sabiendas de que la mesura les condenaba a una desazón desmedida. Yo por intuición infantil, aunque con el paso de los años ya tenía los resultados de no morir corriendo detrás de un balón.

Al final de los días solo nos quedaba a todos y cada uno echar cuentas de los beneficios de saltarnos las cantidades convencionales. Porque la mala suerte no era estar demasiado cansada, era que nadie te cargase cuando no podías dar un paso. Y la vergüenza no era dejarte cargar señora profesora; era decir demasiadas palabras a destiempo, las mismas que alejaron a su hija de su talento.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s