Empleo, fútbol y otras drogas posibles

No llegó al balón.

El despeje de la portera había salido como un tiro hacia el campo contrario. La delantera corría tratando de alcanzar la pelota antes de que saliese por la línea de fondo. Iba sola, aunque todavía no lo sabía. El resto de su equipo miraba rezagado en el área que defendían. Apenas habían avanzado unos metros, a sabiendas de que su compañera llevaba 50 metros de carrera detrás de un imposible. Imposible, porque nadie lo daba por posible.

Me pidió los papeles. La mujer hacía su trabajo y gracias que lo tenía, debía pensar. Al otro lado de su mesa nos agolpábamos medio centenar de parados o en proceso de estarlo. Los 35 grados de fuera contrastaban con el frío de dentro; el provocado por una rutina absurda y carcelaria. Inspeccioné las oficinas del INEM al completo. Yo trabajaba desde los 15 años y mis empleos nunca habían salido de un recinto del Estado. De ahí, con ese mobiliario, esa alienación y pesadumbre, lo único que podía salir eran ganas de correr, de suicidarse o, en el mejor de los casos, de quemar el recinto. Dicen que el fuego purifica. Quizá estábamos en el punto de que todo ardiese.

Mis últimos trabajos -como concepto, como nombre o como lo que fuesen- no existían en las categorías disponibles en la base de datos. Lo de “creativa” le sonaba a chino. No quería imaginar el estado de las nuevas profesiones del entorno digital: Social Media Manager o similares.

–          Ponga lo que quiera – le dije. Ya sé que no es su culpa, pero dígale a alguien que actualicen las profesiones.

–          Se actualizaron en 2005 – me replicó.

–          No está mal – contesté. Podría ser peor. Y sonreí buscando complicidad.

No sé si en 1900 las cosas cambiaban mucho de un año a otro pero, en el siglo XXI, Internet nos había hecho esclavos de los segundos y nos encaminábamos a la dictadura de los nanosegundos.

–          Tú dirección del DNI es de Huesca. Aquí solo atendemos los códigos postales de la zona.

–          Perfecto – mascullé. Yo vivo en esta zona, estoy empadronada en esta zona y los datos que constan en su base, son de mi domicilio en esta zona.

–          Tengo que comprobar que eres de este código postal.

–          ¿Y eso cómo se hace… con un examen del nombre de las calles?

La tía me quería matar. Normal. Pero solo me estaba poniendo a la altura de la broma que era mantener física y económicamente una oficina de empleo nacional que no empleaba a nadie. En lo que llevaba de vida, nunca me había cruzado con alguien que hubiese encontrado trabajo de esta forma. De hecho, creo que es la mejor forma de no encontrar trabajo y/o de mantenerse desempleado por voluntad.

–          Debes traerme una factura o comprobante con tu domicilio y a tu nombre.

De pronto retrocedí ocho años. “Regreso al pasado” se llamaba la película. Allí  estaba mi buzón, con un filtro retro de Instagram, lleno de las cartas del banco y recibos de teléfono. Por primera vez sentí que mi Iphone me había jodido la vida en vez de facilitármela. Me recompuse en presente:

–          ¿No cree que viva donde le digo que vivo?…¿no me cree? – espeté.

–          Yo no pongo las normas. –aseveró.

No te jode, yo tampoco. Pero sí ponía las de mi vida. No soportaba el descrédito. Por ello, en parte, había preferido mi despido.

Creer o no en eso, en aquello, o en lo otro. Confiar o no en las personas. Ahí estaba la clave del éxito de cualquier país, de uno cuya quiebra se dibujaba emocional; en el que nos exigían confiar mientras sus súbditos no lo hacían.

España, la campeona mundial de fútbol, llevaba tiempo queriendo ganar un partido al que llamaba crisis; pero en el fútbol, todos sabíamos que metidos en nuestra área, sacando balones, pegando pelotazos y dejando correr al delantero sin acompañar la jugada lo que podíamos ganar eran derrotas o sinónimos: victorias con sabor a derrota.

A mi no me importaba correr 50 metros ni 100 detrás de un balón. No me importaba salir a buscar ese puto comprobante que a usted le exigían que me exigiese. A mi lo que me importaba es que me acompañase en la jugada. Que pusiera las reglas de su vida a funcionar en su trabajo. Que sugiriese la actualización de las bases de datos. Que mostrase su malestar por no poder creerme si así lo quería. E incluso que, si no estaba de acuerdo y era del partido kamikaze, se despidiese.

De esta forma quizá, en un tiempo no muy remoto, usted y el resto del equipo español podría hasta llegar a confiar en mis palabras. Confiar en que voy a llegar al balón antes de que salga por la línea de fondo. Si usted me cree y yo le creo, pronto podríamos ganar cualquier partido; llámele crisis, llámele como quiera.

Quizá. Pero alguien tiene que confiar primero. Este era el secreto de los imposibles: que todo el equipo lo diese como posible. Créame, que es así y que lo aprendí del fútbol.

Y créame que, si no somos capaces de hacerlo, es mejor que arda todo; incluido el comprobante de mis palabras que dejé sobre la mesa.

bankia

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s