El fantasma de la banda

Se echó a llorar mientra repetía:

– Todo es tan diferente…

Efectivamente lo era. La ausencias marcaban un antes y un después. Nunca cesaban para bien o para mal. Se sucedían desde que nacíamos, desde que nos dejaban en otros brazos que no eran los de nuestra madre. Y llorábamos.

Mi madre se parecía a mí, aunque lo correcto sería decir lo contrario. Las ausencias nos pesaban el resto de nuestros días desde que se producían.

Por suerte, en el fútbol aprendí a gestionarlas. Un día, la jugadora habitual de la banda derecha de mi equipo desapareció. En el fútbol -y más femenino- la continuidad casi era un milagro. Los estudios, las lesiones, el trabajo, las decepciones, las frustraciones y los cambios de intereses aceleraban la rotación de gente. Cierto es que en Huesca, por su dimensión, no se notaba tanto. Al final éramos cuatro raras dando patadas más felices que dios. Por eso mismo, las desapariciones de compañeras marcaban; más aún si eran del núcleo duro. Este grupo estaba compuesto por las referentes. Con apenas 12 años, las mayores –que tenían máximo 26- guiaban nuestros pasos. Su comportamiento, compromiso, saber hacer y la gestión de mocosas -como éramos algunas- dibujaban nuestro futuro. Ellas eran nuestros modelos de referencia, una de las grandezas del fútbol; una labor educacional que desde fuera costaba reconocer y que solo el paso de los años le daba su lugar.

Un equipo era algo vivo y por ello la vida le sacudía: la banda derecha se quedaba huérfana. Llegaban nuevas compañeras que ocupaban el lateral con enorme valentía y acierto, pero yo no podía dejar de ver la sombra alargada de una ausencia. El fantasma aparecía cada vez que lanzaba un balón a la banda y éste se perdía por fuera del campo. Tenía medida la diagonal del pase y la velocidad del balón para la zancada de la ya ausente. Yo luchaba por recalibrar la coordinación de mis extremidades pero, una y otra vez, lanzaba los balones medidos para una persona que no volvería a ocupar ese lugar.

Era el aniversario de la muerte de mi abuela. Mi madre lloraba. Y si mi madre lloraba yo no podía evitar hacerlo también. Era ese puto resorte invisible que funcionaba también a la inversa.

Con el tiempo y esfuerzo aprendías a convivir con los fantasmas. No dejabas de verlos. Lo peor era que, a medida que cumplías años, se acumulaban. La gente desaparecía de nuestras vidas o de la vida, por voluntad propia o ajena, pero no dejaban de ocupar su asiento vitalicio en la grada mental; por muchas personas estupendas que conociésemos y que fuesen ocupando corazón.

Quizá era injusto para los que se quedaban y llegaban, para aquellos que se dejaban la vida corriendo la banda como mejor sabían. También lo era para nosotros, que nos cargamos innecesariamente de dolor. Quizá. Pero todos éramos parte de la injusticia que era desaparecer de las vidas de otros y de la propia vida. Ya podíamos llorar. Íbamos para fantasmas, para ser ausencias que marcarían un antes y un después, para ocupar asientos de gradas ajenas.

Mientras, a veces, mi madre y yo, llorábamos; quizá para consolarnos del inexorable tiempo del partido: 90 minutos plagados de presencias y ausencias que lo hacían diferente hasta su fin.

fantasmico

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