Te lo dije

Abrí los ojos medio aturdida por la operación. En frente estaba mi madre mirándome como solo una madre sufre por un hijo.

-¿A que ya no vas a jugar más?

En un suspiro, cerré los ojos y dije:

-Sí

No sentía las piernas, ni el vientre.

-¿Quieres mear?

No lo sabía. Creo que la pregunta llegaba tarde.

No quise abrir los ojos en un buen rato. Las extremidades inferiores empezaban a despertarse. El incipiente cosquilleo estaba mutando a dolor pero me preocupaba más encontrar buenas respuestas a las preguntas y comentarios que me iban a tirar a bocajarro.

La noche anterior, durante el trayecto de Huesca a Zaragoza en la ambulancia, me hice la dormida al tiempo que aprendía a gestionar la incertidumbre de no sentir la parte baja de mi pierna izquierda. Mi zurda estaba quebrada, algo insignificante comparado con perderme todo el final de liga.

Eso pensé cuando caí al suelo. Tras el crujido había perdido la sensibilidad. Lloraba pensando en los partidos que no iba a jugar, partidos que nunca más se repetirían.  De pronto apareció en mi cabeza un eco con la voz de mi madre: “el día que te rompas una pierna, que no me llamen que no iré”. Lo intenté sin éxito. Era menor de edad. Ya me veía sin final de liga, sin goles, sin entrenar, sin partidos en el jardín y, además, sin madre. Joder.

Vivía tan cerca del hospital general de Huesca que, apenas habían aparcado mi camilla en la sala de urgencias, vi que se acercaban mi madre y mi padre. Era como ver acercarse la muerte y yo sin poder correr por primera vez en mi vida. Puta mierda. Mientras, a cada paso que daban mi cabeza repetía sin fin: “como te rompas una pierna que no me llamen”. No sabía si me iba a caer un broncazo, una ostia o todo junto. Mi pierna ausente, el corazón a mil, mi cabeza dando por culo y además toda sudada de entrenar. Vaya estampa. Menos mal que luego aparecerían distractores del foco: mi tía, que era como mi otra madre, y mi prima, que era la no-hermana a la que le daba el coñazo día sí y día también. Ya estábamos todos en la fiesta.

Se me saltaron las lágrimas. Ya sabía que me esperaba: “Ves, te lo dije”. Empecé a odiar esa frase con toda mi alma pero más me odio cuando el patrón me gana la batalla y me descubro predicándola.

Entre radiografías, diagnósticos y decisiones, la madrugada ganó a la noche. Me recuerdo inmovilizada en la ambulancia. Decidí hacerme la dormida todo el trayecto a Zaragoza. No podía mirar a mi madre a la cara. No quería darle la razón. Me dejé arrullar por el traqueteo y la noche, cual bebé. Debía descansar para preparar bien las respuestas y argumentos del Tribuna de la  Santa Inquisición contra el fútbol que se activaría en los días posteriores.

Cuando el dolor del postoperatorio se volvía insoportable, las preguntas buscaban en mis repuestas la ansiada rendición.

Ocho meses más tarde, saltaba de nuevo al campo y firmaba mi particular forma de decir: “Ves, te lo dije” 😉

telodije

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