La escuadra

Desde el suelo se ve mejor la luna.

A veces el cuerpo me pide un cambio de perspectiva. La altura nos condiciona. Desde ella construimos nuestros mundos. Mi 1,71 establece mi relación con los objetos y las personas. Las distancias que nos separan, el tiempo que no les dedicamos. Una goma que se tensa y destensa a fuerza de palabras y silencios.

De vez en mes me tiro al suelo del salón, cual gato. Y me “estorrozo” sin esperar un: “levántate de ahí”. Calculo los centímetros que me separan de la mesa, la puerta, el mueble, el sofá y tal o cual persona. Pero lo mejor son los ángulos que dibujo con mis pies; los grados que debería corregir para darle una patada a esa pelota que cuelga en mi techo para que entre por la escuadra.

Desde el suelo la relatividad se impone. No hay nada que mantener en pie. No hay peso que cargar. Ahí es cuando puedes levitar y soltar una patada, aunque sea al aire.  Aunque no aciertes, la luna se ve mejor desde el suelo y por la noche.

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