Benditas noches

Todavía no tengo la sensación de “parada”. Cierto es que, legalmente, estoy de vacaciones hasta el día 25. Hoy, por primera vez en mucho tiempo, vuelvo a reencontrarme con el sabor de la noche. Me sabe a libertad y me susurra mi nombre al oído. Yo siempre fui de noche. La calma aparente y el descanso de los vivos ha sido y es, el escenario perfecto para soñar sin cortapisas ni aguafiestas. Solo tú en un diálogo constante con el silencio, de construcciones de castillos infinitos. La noche es donde se dan cita las posibilidades y se transforma la realidad en ficción. Es la ruptura de la rutina, la contracorriente infinita. Todo lo que mi cuerpo me pide de forma natural.

Esta noche me sabe también a desconocido y me lleva años ha cuando empecé a disfrutar de una habitación para mi sola. Mi hermana era como un reloj y yo como una veleta que se movía según soplaba el viento. Mi madre decía que cambiaba con la luna, yo y mis manías. Es cierto. A día de hoy, con casi 30 años, solo puedes confirmar las sospechas de la madre que te parió.

Han pasado 5 días desde que dejé de trabajar, para otros. No he parado. No se me ha dado nunca bien. El proyecto que tengo entre las manos es resbaladizo. Todavía lo es más el minuto a minuto. Y a veces te reconoces en el: “donde dije digo, digo Diego”. No importa. No rindes cuentas a nadie. Solo a ti misma. Y me he dado permiso indefinido.

A primera hora fui al norte de Madrid a la oficina del que ha sido asesor de otros de mis proyectos. Unos 8 años de relación telefónica y por email. Él, que también me hace las declaraciones de mi renta. Él, que sabe lo que gano y que defiende mis intereses. Él, ese desconocido. Hoy por fin le puse cara, sitio y corazón. Paradojas de la vida misma. De los acelerados cambios sociales de los últimos años. De Madrid.

Hoy, por fin, la capital me supo amable. Y su cielo. Y su mañana de calor de verano. Pregunté a su gente para llegar a mi destino en un acto de liberación del Google Maps. Llegué sin problemas. Con la paz y sonrisa de haber entablado dos largas conversaciones con vecinos de la zona. Con la calma suficiente para pensar en aquel conocido desconocido y comprarle desayuno. Justicias poéticas. Tras la cita de trabajo decidí visitar a un amigo en su bar. Un café con conversación sin reloj. Me supo a gloria, como la siesta sin alarma.

Las últimas horas del día son mis preferidas para resintonizar con la realidad. La segunda parte de mi jornada laboral transcurre desde mitad de la tarde. La reunión con mi equipo de trabajo preside la noche. No nos vemos, como casi todo el año. El Skype conjuga nuestras voces y ejercita nuestra imaginación. La realidad domina la mayor parte del partido. En la puesta en marcha de un proyecto, las faltas se suceden, las decisiones de cambio de juego se entorpecen y la dudas presiden los movimientos.

No importa. No reconocemos el campo, ni a veces los rivales, pero el balón está en nuestros pies. Echémoslo a rodar. Hagamos con él lo que sepamos hacer. Y si no sabemos qué hacer, hagamos lo que nos dé la gana.

Las horas de madrugada son éstas. Son la vida que se empeña la rutina, en que no vivamos. Y es demasiado triste tener los ojos cerrados cuando pasan todos los sueños por delante.

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